Tradición frente a sociedad de la información

Esta entrada se trata de un ensayo en torno al texto Del encantamiento festivo a la fiesta con encanto.
Fiesteros, románticos y turistas de Alberto del Campo Tejedor, donde hace un estudio sobre el ritual de las fiestas, las causas de sus orígenes y la transformación de las mismas como reflejo del cambio que se dará en las culturas, casi siempre en consonancia con el cambio paulatino de creencias o la imposición de religiones oficiales, y la consecuente prohibición de rituales por la autoridad, principalmente por considerar dichos ritos primitivos o faltos de moral.

Alberto del Campo Tejedor es profesor de Antropología Social en la Universidad Pablo de Olavide de Sevilla.

 

El origen de las festividades

Normalmente una fiesta suele estar vinculada a la celebración de una fecha identificativa para una cultura dada, ya sea del ámbito religioso, político o de la naturaleza, como la llegada de la primavera, el solsticio de invierno o verano, y su relación con la agricultura (siembra o recogida de la cosecha).

Las fiestas se dan de forma cíclica, como la vida misma, en unas culturas regidas por los astros y la naturaleza, y en otras más institucionalizadas, pero en todas cargadas de unos simbolismos y de una espontaneidad que le infieren un marcado caracter expresivo, en contraposición a la vida diaria, cargada de rutina y con acciones más instrumentales. Se puede decir que las fiestas nos liberan de esa rutina y nos permiten continuar con unas energias renovadas, hasta que en la siguiente fiesta el proceso se repita, y así consecutivamente en el mismo proceso cíclico que la naturaleza sigue y de la cual dependemos y a la vez formamos parte.

Las fiestas van adquiriendo símbolos y significaciones relacionadas con los mitos y creencias populares desde tiempos pasados. El autor nos cuenta como esto ha sido utilizado por la religión para ir introduciéndose en el sentir popular, mediante adaptaciones hechas a medida, utilizando la mezcla de múltiples y variadas creencias en su propio beneficio una vez pasado el filtro de la oficialidad, con mayor o menor exito y en mayor o menor medida.

Muestras de ese sincretismo religioso expresado en las fiestas populares se dan en Latinoamérica, la conversión forzosa en un reducido espacio de tiempo durante su “descubrimiento” solo fue posible haciendo uso de símbolos, ritos y creencias indígenas, que aun hoy se pueden observar, y donde se ven claramente qué símbolos y partes de la fiesta proceden de los tiempos precolombinos y cuales son introducciones del viejo mundo y el cristianismo.

En el texto, el autor nos habla de este sincretismo religioso, a su vez dado en la religión cristiana, cómo la festividad del 25 de diciembre, el nacimiento de Cristo y su coincidencia en fecha y términos con celebraciones que ya se daban en la cultura greco-romana y de oriente próximo, las cuales asimilaron el cristianismo pero logicamente haciendo uso de determinadas creencias, símbolos y ritos paganos, como a su vez se llevaba haciendo desde tiempos inmemoriales en todas las culturas, respetando y adaptando divinidades locales junto a la religión oficial del imperio de turno, caso por ejemplo de Isis durante el Imperio romano, o de Marduk durante la dominación Babilónica, y cuyo respeto por parte de las autoridades solía ser sinónimo de tranquilidad y estabilidad en la zona colonizada.

 

Los románticos, primeros turistas

Desde la reforma y más tarde la ilustración, las fiestas habían sido o bien prohibidas o mal vistas en el norte de Europa, relegándose este tipo de acontecimientos a zonas más meridionales, menos influidas por ciertas corrientes de pensamiento más puritanas o que daban más importancia a la razón y a lo instrumental frente a la irracionalidad y expresividad de las fiestas, como fue durante la ilustración.

El siglo XIX trajo consigo la revolución industrial, y con ella el romanticismo, en respuesta a un modo de vida mecanizado y con unos tiempos marcados por la productividad de la jornada de trabajo. Escritores, músicos o pintores fueron en busca de experiencias más auténticas, o al menos eso pensaban, y viajarían del norte al sur de Europa, donde la modernidad tardaría más en llegar y dónde aun se podían encontrar territorios que permanecían apegados a sus tradiciones y fiestas.

Una vez llegaban a su destino, en no pocas ocasiones se encontrarían con unos espectáculos hechos a medida del viajero y desprovistos de toda autenticidad.

Los románticos además perseguían la aventura de los caminos sin vigilancia y atestados de delincuentes, y aun cuando no se encontraran con el peligro de frente, en sus narraciones se encargarían de recrearlas, echarían mano de la imaginación y de la exaltación de la imagen que tenían hecha de antemano en su cabeza para tratar de convencer a los posibles lectores de que lo que experimientaron fue “real”, algo que de manera similar se daría en Inglaterra durante el Imperio británico y la colonización, con individuos de clase alta y bien formados lanzados a descubrir el Africa negra, o incluso hoy en día con el cada vez más habitual turismo de aventura y el de la cooperación internacional.

 

Sociedad de la información y tecnología

El autor comenta que en los últimos años ha habido un resurgir del interés por las fiestas populares, quizás vistas como una vuelta a los orígenes, a las raices de nuestra cultura, ahora que estamos metidos de lleno en una forma de vida en la que el conocimiento y la información se encuentran a golpe de ratón, en el que las guerras se ven en directo, y en el que la inmediatez de un servicio se exige de forma habitual.

Se busca en las fiestas otro ritmo de vida que ya hemos perdido, unas actitudes que solo se dan entonces, aun cuando el ocio se disfruta cada fin de semana, es en las fiestas conmemorativas cuando encontramos un verdadero reducto de tranquilidad, el salir de la rutina y escapar del frenético ritmo de vida, desconectamos, no revisamos el email o nos despreocupamos del teléfono movil, porque además no se espera que lo hagamos.

Buscamos además la imperfección y espontaneidad de lo auténtico, acostumbrados a unos niveles de exigencia y control de calidad de la producción en cadena: la muesca en la obra del artesano es vista como un valor añadido. Hay un gusto renacido por tecnologías pasadas, como productos provistos de alma, vinculados al medio rural o bien a los oficios gremiales de las ciudades. La paciencia ritual y metódica del artesano creando objetos que luego se usarán en las fiestas.

El autor habla, haciendo referencia a Braudillard, de como vivimos inmersos en un sistema de objetos en el que lo nuevo queda obsoleto a los pocos meses. Hace poco emitían en televisión un documental que trataba el polémico tema de la obsolescencia programada, un término que para muchos es desconocido hasta que se vive en primera persona.

El clásico ejemplo del iPod, cuya batería no dura más de dos años, se queda pequeño ante muchos otros ejemplos en el que dicha obsolescencia está controlada por un chip que al llegar a determinado número de usos bloquea el aparato en cuestión dejandolo sin servicio y obligándonos a comprar uno nuevo.

Las fiestas y sus rituales nos alejan de este consumismo de lo artificial del que en algunos casos nos vemos obligados a participar, y nos acercan a otro tipo de consumo más sosegado y verdadero, con unos vinculos más cercanos a la tierra y al desarrollo sostenible. Surgen movimientos como el slow food, en contraposición al fast food, como forma y filosofía de vida, que se traslada al trabajo y a nuestra relación con el entorno, una respuesta a la globalización neoliberal.

Además, en este sentido, podemos ver la fiesta como algo que permanece inmovil a lo largo de los años, esto nos aporta una tranquilidad de espiritu que no se da en nuestra vida diaria, al exigírsenos un cada vez mayor número de habilidades y de estar siempre al día frente a la constante y vertiginosa modernización tecnológica, ya sea nuevo software, nuevos medios de comunicación o nuevas formas de socialización.

En la fiesta, dice el autor, se detiene el tiempo real de la vida cotidiana, podemos pensar que la fiesta se nos puede presentar como algo irreal, algo que, aun siendo periódico, es pasajero, cuando muchas veces es nuestro propio “yo” cotidiano es el que se presenta como algo virtual.

Creamos perfiles en redes sociales, normalmente ocultando nuestros defectos y potenciando nuestras virtudes, nos vendemos como objetos de consumo porque así nos han enseñado a entrar en el mundo laboral, y así mismo funcionamos en nuestro plano personal.

Somos conscientes de la artificialidad de este modo de vida, y pese a ello seguimos participando de él y es en nuestro contacto con el medio rural, o con otras culturas menos “avanzadas”, donde nos damos plena cuenta de ello, y como dice el autor, percibimos que no participamos de ese otro modo de vida, ya que nuestro contacto con él suele ser como turista. Pero ese acercamiento, por muy pequeño que sea, nos abre la mente.

 

Fiestas de laboratorio

Este reciente cambio de interés del turista, que cambia las saturadas playas por experiencias más sosegadas en el campo y la montaña, o en el turismo cultural, hace que en estos lugares vean sus fiestas y tradiciones como una potencial fuente de ingresos. Pueblos y ciudades medianas se lanzan a la conquista de este turista urbano.

En otros casos, las fiestas se adaptan para inferirles un caracter de más diversión y poder atraer así a cierta clase de turista. De hecho, en ocasiones dicha fiesta es más conocida fuera que dentro de nuestras fronteras. Estos turistas extranjeros, ya sea por imposibilidad idiomática o por total desinterés jamás saldrán de su grupo de viaje ni harán el más mínimo esfuerzo para integrarse en la cultura local, viven la fiesta paralela que ha sido rediseñada para ellos.

En el caso de otro tipo de turista de mayor edad o nivel cultural, el acercamiento a la fiesta, vivir la experiencia real, se antoja del todo imposible si no cuentas con un guía local. Este guía te introducirá en el significado de los hechos y símbolos de una fiesta determinada y te hará más fácil comprenderla. Se dará en muchos casos el que el visitante no entienda y por tanto no participe de la misma, no mostrando la suficiente efusividad ante las explicaciones, algo que el guía local puede tomar como una afrenta a algo que está muy dentro de él. La fiesta solo se podrá vivir con más intensidad si se está abierto a ella y se repite, si viajas cada año a dicha fiesta, hasta que llegas a formar parte de ella.

 

BIBLIOGRAFÍA

David Napier, A., 2006, “Avant-garde or Savant-garde: The Eco-Tourist as Tarzan”, Tarzan was an Eco-Tourist…, V.V.A.A. Bergham books, NewYork-Oxford, p. 76.
Baudrillard, J., 1998, “Cultural recycling”, The consumer society. Sage Publications, London, p.100.
Castells, M., 2005, “El yo en la sociedad informacional”, La era de la información, Tomo I, Economía, Sociedad y Cultura. Alianza Editorial, Madrid.